Consideraciones
sobre la realidad guatemalteca:barreras
institucionales
a)
Historia de injusticias: realidad de pobreza y discriminación
La violenta conquista
española marcó profunda y definitivamente las instituciones y las relaciones
sociales, económicas, políticas y étnico-culturales en Guatemala. Los abusos y la segregación contra los
pueblos indígenas se sistematizaron y legalizaron durante el prolongado período
colonial. Con la independencia surgieron
mecanismos más sutiles y sofisticados de explotación laboral y expropiación de
sus tierras. En la República, los
conservadores retomaban algunas de las políticas paternalistas de la Corona Española. Cuando los liberales estaban en el poder se
proclamaba la igualdad constitucional para obedecer la ley, servir a la patria
y pagar los impuestos, pero sólo eran considerados ciudadanos los varones
mayores de veintiún años, con renta, oficio o profesión que les garantizara la
subsistencia. Saber leer y escribir también era un requisito para optar a la
ciudadanía, pero el Estado había delegado en los finqueros la tarea de educar a
los indígenas, lo que en la práctica significaba un nuevo tipo de encomienda.
Así mismo una serie de
leyes secundarias contribuyeron a mantener a los indígenas fuera de la
categoría de ciudadanos pues, como documenta Greg Grandin, la elite en el poder
consideró a los indígenas como una fuerza laboral a ser movilizada, por lo que
las reformas y decretos del Estado eran para aumentar el control social, romper
la base de subsistencia de las comunidades indígenas y hacer disponible su
tierra y trabajo para las necesidades del cultivo y exportación de café.6 Lo confirma Regina Wagner cuando explica que,
en el período liberal, “la producción y exportación del café recibió todo el
apoyo del Estado, tanto en la obtención de tierras como de almácigos, créditos
y mano de obra barata suministrada por medio de instrumentos coercitivos
institucionalizados.” Es decir que, tanto bajo el régimen colonial como
republicano, de conservadores o liberales, los pueblos indígenas de Guatemala
han estado sometidos a diversos mecanismo de servidumbre, sin posibilidades de
acceder a plenos derechos ciudadanos.
Desde 1954, al truncarse
la esperanza democrática que había germinado con la revolución del 44, el
Estado de Guatemala aumentó su poder coercitivo para beneficio de quienes lo
han capturado.
Se continuó con la
tradición centralista y autoritaria de la Colonia y de los gobiernos dictatoriales
de la República, pero con el agravante de la ideología anticomunista que lo
introdujo en el escenario mundial de la Guerra Fría.8 El conflicto armado interno iniciado en la
década de 1960 dejó lamentables resultados, especialmente para los pueblos
indígenas: cientos de miles de desplazados internos, decenas de miles de
muertos y desaparecidos entre la población civil, miles de refugiados o
exilados en el extranjero y cientos de aldeas destruidas. Además del inmenso costo económico para toda
la población, la erosión del capital social ha sido tan dramática que puede llevar varias
generaciones el restablecimiento de los lazos de confianza y credibilidad entre
la población para elevar los niveles de solidaridad y reciprocidad. Las
instituciones formales (como la Constitución Política, las leyes ordinarias y
sus regulaciones específicas) e informales (como los valores éticos y morales,
los preceptos religiosos y otros códigos de conducta implícitos) se debilitaron
aún más que en el pasado, pues se perdió respeto hacia ellas debido a que los
ciudadanos sufrieron la persecución y abusos del Estado y del sistema jurídico
que debían protegerlos.
Según el X Censo de
Población realizado en 1994, el 42.8% de la población de Guatemala es Indígena.
Sin embargo, algunos estudiosos afirman que los indígenas son aproximadamente
el 60% de la población.13
Generalmente se acepta que en Guatemala “existen 23 comunidades étnicas
que conforman 3 pueblos indígenas. El
pueblo indígena mayoritario es el de origen Maya que está conformado por 21
comunidades lingüísticas. Los 2 pueblos
restantes, Garífuna y Xinka, están constituidos, cada uno, por un grupo
lingüístico minoritario.”14
Guatemala, además de ser un país donde conviven personas de diversas
culturas, es un lugar donde la pobreza afecta a la mayoría de la
población. Utilizando el enfoque de
Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), con base al Censo de Población de
1994, se determinó que más del 60% de los hogares del país son pobres, es decir
que tienen al menos una NBI, pero la pobreza afecta sobre todo a las
comunidades indígenas del área rural donde el 72% de los hogares tiene al menos
una NBI.16
b)
Carencias de los Acuerdos de Paz: visión de largo plazo y creatividad
Los Acuerdos de Paz,
especialmente el Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas,
fueron novedosos al reconocer políticamente que Guatemala es un país multiétnico,
pluricultural y multilingüe, pero hay preguntas fundamentales para el futuro
del país que quedaron sin respuesta: ¿Cómo se construye una democracia
multicultural? ¿Cuáles son las características del nuevo Estado multinacional
que la realidad exige? ¿Qué tipo de instituciones se requieren para que las
minorías étnicas y todos los pueblos indígenas y no-indígenas participen
plenamente en la vida política? Existen
lagunas conceptuales, imprecisión en la definición de los objetivos y, sobre
todo, hace falta la visión de largo plazo de las instituciones que hagan viable
una democracia multicultural y un Estado multinacional. Todas las soluciones y procedimientos
propuestos en los acuerdos se enmarcan dentro de la institucionalidad vigente
en el país. La propuesta de reforma a la
Constitución Política de la República sólo amplía ese marco institucional pero
no lo recrea. No eran cambios profundos,
sino reformas.
Una probable explicación
a esas limitaciones creativas de los Acuerdos de Paz es que, en el contexto de
las negociaciones, era requisito indispensable acomodarse al orden jurídico
–político establecido y no pretender modificarlo en esencia. Eso era algo asumido por la URNG, que estaba
renunciando al cambio violento de las estructuras, para integrarse a la vida
política institucionalizada del país.
Era un acomodamiento en la nueva coyuntura local e internacional.
Por parte de la
representación gubernamental no se esperaban grandes innovaciones, pues el
Estado ha sido el guardián del status
quo. Esa realidad de las
negociaciones no permitió que los actores se atrevieran a repensar el Estado
guatemalteco, a cuestionar el modelo democrático implementado desde 1985, o a
sugerir los cambios radicales no-violentos que se necesitan para efectivamente corregir
las injusticias pasadas y presentes. El
planteamiento de los acuerdos es de carácter reformista, por lo cual es difícil
encontrar propuestas integrales y creativas con visión de largo plazo. Sin embargo, no puede negarse que el
resultado de las negociaciones fue positivo para la sociedad guatemalteca, pues
se logró terminar con el enfrentamiento armado interno.
Otro aspecto que continuamente
se critica de los Acuerdos de Paz es que fueron el resultado de negociaciones
entre un grupo muy específico y reducido, la URNG, y diferentes gobiernos. Por un lado, se pone en duda la
representatividad de la comandancia guerrillera. Por otro lado, los compromisos
asumidos por las diversas comisiones que representaban al Gobierno de Guatemala
nunca fueron formalizados como compromisos de Estado, sino que simplemente
quedaron en compromisos políticos cuyo cumplimiento depende de la buena
voluntad de los gobiernos posteriores.
Esto obstaculiza que los acuerdos sean apropiados por la población
guatemalteca que, en general, los desconoce, o por los principales actores de
la sociedad civil. No existe un mandato
popular o consenso político que empuje al Estado, como un todo institucional, a
implementar completamente los compromisos adquiridos y trascenderlos para
encontrar soluciones integrales y definitivas a los problemas históricos del
país. En gran medida, el cumplimiento
parcial y gradual de los acuerdos ha ocurrido por la presión política y
financiera de la comunidad internacional.
Al tomar conciencia de
las limitaciones del proceso paz surge la inquietud sobre: ¿Qué actores
definirán la agenda y llevarán el liderazgo en el debate político que permita
repensar el país y no sólo reformarlo?
No es deseable, desde ningún punto de vista, que ocurran confrontaciones
violentas para entonces proceder al diálogo político profundo. Por el contrario, debe existir la capacidad
de reconocer la urgente necesidad de debatir sobre los principales problemas
del país, dentro de las reglas del juego establecidas, para hacer los cambios
requeridos que garanticen una verdadera paz.
c)
Lenta consolidación de la democracia guatemalteca: peligro del retroceso
Guatemala avanza
lentamente en el proceso de consolidación democrática. La mayoría de analistas políticos están de
acuerdo en que, al menos formalmente, se ha concluido la transición.
No obstante, se ha caído
en la falacia electoral, es
decir que se cree que el necesario proceso de elecciones libres es suficiente
para hablar de democracia. Se ha
adoptado una versión limitada del modelo de democracia representativa, en la
cual la participación ciudadana termina en las urnas y luego se pasa a una
etapa de delegación total del poder en manos de los legisladores y del
Presidente de la República, quienes no enfrentan incentivos correctos para
legislar y gobernar en beneficio de la población.
Para saber el porqué la
joven democracia guatemalteca está lejos de consolidarse se puede acudir al
modelo propuesto por Juan Linz y Alfred Stepan,según el cual la democraciaconsolidada es la situación
política en la cual la democracia es el único
juego posible en el país, lo cual
sucede cuando: i. No hay un
grupo significativo que atenta seriamente contra el régimen democrático o
intente separase del Estado. ii. A pesar de las severas crisis
políticas o económicas, la mayoría de la población cree que el único cambio
posible va a emerger de la fórmula democrática.
iii. Los actores
políticos se habitúan al hecho que los conflictos políticos se resolverán
acorde con las normas establecidas y que la violación de esas normas podría ser
algo inefectivo y costoso. iv. La democracia se convierte en una
rutina y ha sido profundamente internalizada socialmente, institucionalmente e,
incluso, psicológicamente. Y cuando
existe una sociedad civil beligerante y activa, una sociedad política
relativamente autónoma y valorada, un estado de derecho, una burocracia
funcional, y una sociedad económica institucionalizada. 20
Dichos criterios de
consolidación aún no se satisfacen plenamente en Guatemala. Peor aún, puesto
que no impera la ley, el proceso de democratización es reversible. El temor al retroceso hacia un régimen
autoritario es justificado porque es común encontrar entre la población el
fenómeno del “desencanto” con la democracia.
La democracia, tal y como se ha experimentado en Guatemala, se asocia
negativamente con el crimen y la pobreza.
Dicho fenómeno puede ser explicado en parte, como Dinorah Azpuru
sugiere, por los elevados niveles de delincuencia real y percibida y, sobre
todo, por la falta de capacidad del sistema político para disminuirlos. El impacto político del crimen se puede ver
en el apoyo de los ciudadanos a gobiernos de manodura o líderes con dudosa vocación democrática. 21 También los resultados de las políticas
económicas, adoptadas durante la actual etapa democrática, se relacionan con el
desencanto, porque la pobreza y la desigualdad persisten. Las fallas y fracasos
de la economía de libre mercado son también argumentos poderosos para una nueva
generación de políticos populistas.
d)
Supuestos de las políticas multiculturales: estado de derecho y
democracia
La teoría sobre
políticas multiculturales desarrollada en países como Canadá, Australia y Nueva
Zelandia, especialmente en torno a los derechos de las minorías étnicas de
inmigrantes y los pueblos indígenas, tiene como supuesto fundamental la
preexistencia de una democracia liberal consolidada, donde prevalece el estado
de derecho y opera un sistema judicial efectivo. En esos países, dentro del marco de la CommonLaw, las Cortes consideran
válidos los tratados firmados entre los primeros colonos y los pueblos
indígenas, para resolver disputas sobre la propiedad de la tierra. En Canadá, por ejemplo, el reconocimiento de
los tratados coloniales es un poderoso incentivo para que los gobiernos
provincial y federal negocien con las primeras
naciones. Por otro lado, el sistema democrático funciona de tal manera
que si los electores ponen atención a las demandas de los pueblos indígenas,
los políticos se ven obligados a satisfacer dicha preferencia. También los líderes indígenas han sabido
tener presencia en los medios de comunicación para sensibilizar a la opinión
pública sobre la realidad que padecen y los derechos que se les han
negado. Los valores fuertemente
interiorizados por una población con sólida tradición democrática permiten que
argumentos de principios, como justicia y equidad, impacten en los votantes y
políticos. Es decir que, ante una
situación de injusticia, existe la suficiente sensibilidad para reaccionar en
favor de una solución, pues hay exigencias éticas que resultan ser más
convincentes que argumentaciones de rentabilidad económica o estabilidad
política.
Seguramente, también se
dan consideraciones puramente técnicas, hay conflictos de intereses, juegos de
poder y hasta cinismo político, pero todo está dentro del arreglo institucional
democrático.
En el caso de Guatemala,
se avanza lentamente en la consolidación democrática y nadie garantiza el
no-retorno a regímenes no-democráticos.
Aún no es realidad el estado de derecho que permita las negociaciones
justas y equitativas con los pueblos indígenas.
El sistema de justicia está en proceso de modernización y hace falta
mucho camino por recorrer para que gane credibilidad. Los políticos enfrentan incentivos
perversos. El sistema es sólo
formalmente democrático pues no hay suficiente participación y es muy escasa la
representación de los pueblos indígenas en la arena política. Adicionalmente, la opinión pública no está
sensibilizada respecto al problema de continua violación a los derechos de los
pueblos indígenas. En dicho escenario,
es muy difícil utilizar los argumentos éticos de justicia y libertad. Más complicado es encontrar incentivos para
la negociación de buena fe entre el gobierno y los pueblos indígenas.
El Estado ha sido
capturado por la elite económica, criolla y mestiza, que no está dispuesta a
negociar “privilegios” a los pueblos indígenas, pues ni siquiera les reconoce
el status de pueblo, sino sólo
de campesinos o comunidades de inditos,
paisanos o naturales. Otra diferencia fundamental, sin caer en
determinismo o fatalismo, es la historia.
Aunque el sistema judicial funcionara aceptablemente, dado que la
tradición jurídica es la del Derecho Romano, los escasos antecedentes de leyes
o tratados anteriores a favor de los derechos y territorios indígenas no se
pueden reivindicar.
III. Análisis del debate político y
étnico-cultural en Guatemala:barreras
ideológicas
Para poder logar una
democracia consolidada y multicultural es necesario reconocer las barrerasideológicas. Sobre todo, es preciso superar las actitudes
y prejuicios de las elites, para lograr un diálogo constructivo sobre las
reivindicaciones y derechos de los pueblos indígenas. Es importante analizar y criticar los
diferentes discursos, de lo que también se ha denominado el debate inter-étnico, para hacer las
preguntas relevantes, redefinir los términos y señalar los errores que impiden
avanzar en la construcción de consensos; de tal manera que se pueda brindar a
los interlocutores un mismo lenguaje y una base objetiva donde se construya la
dialéctica de la vida política. No se
pretende hacer un riguroso estudio de todas las posturas. Sólo se toman algunos de los argumentos del
discurso que se opone a que en la legislación y en las políticas públicas
existan derechos y acciones diferenciados en función de los pueblos indígenas.
Falacias más comunes en el debate político y
étnico-cultural
“Indígena es lo mismo que campesino”
Cuando el discurso de la
lucha de clases llegó a Latinoamérica se encontró con un
problema: nohabía proletariado. El
número de obreros era muy escaso para iniciar la revolución socialista, porque
ni siquiera había ocurrido una revolución industrial. En el sistema casi feudal de lo que había
sido parte de la Corona Española, se necesitaba de otro actor: el
campesinado. De esta forma el binomio
europeo capitalista-proletario, se transformó en terrateniente-campesino para
el caso de latinoamericano. Con la
categoría de campesino se homogeneizó, para tratar de adaptar la realidad a la
ideología, a los grupos que no poseían ningún poder económico ni político. Se obvió por completo que en el subcontinente
americano no había obreros sino pueblos indígenas.
Se identificó al pobre
como agricultor de subsistencia aunque su principal actividad económica fuera
de otra naturaleza. La visión
economicista del marxismo no tomó en cuenta los factores culturales. La identidad únicamente provenía de la conciencia de clase y, necesariamente, la clase campesina tendría
que luchar por la tierra y por abolir, contradictoriamente, la propiedad
privada. La exguerrilla guatemalteca
reconoce que el desarrollo del movimiento insurgente se basó en la idea del
“campesino” (durante las décadas de 1960 y 1970) pero luego, “sobre la reivindicación
de la tierra, se desarrolló la reivindicación étnico-cultural” (en la década de
1980). Desde entonces, en el debate político y económico ha predominado la
concepción del indígena como campesino, ligado fatalmente a la agricultura de
subsistencia y, por lo tanto, dependiente exclusivamente de la tierra. Sin embargo, esa identificación no es
congruente con la realidad.
En Guatemala, la
tradición ancestral Maya respecto al comercio explica la importancia y
sobrevivencia de instituciones como el
día de mercado, que no sólo es un mecanismo eficaz para el intercambio
mercantil, sino que se constituye en una auténtica manifestación cultural. El
comercio de las comunidades indígenas es parte esencial de su vida económica,
social y cultural.
En muchos municipios del
Altiplano Occidental se podría afirmar que la agricultura gira en torno al
comercio y no a la inversa. El comercio
no sólo ha facilitado la movilidad social, sino que también se ha constituido
en uno de los vínculos más importantes de las relaciones interculturales en el país. La inmensa red de mercados indígenas es un
testimonio vivo de la forma en que se enriquecen mutuamente las diferentes
culturas.
Carol Smith también
sugiere que es una falacia muy difundida la de que todo indígena es campesino,
en el sentido de que depende exclusivamente del trabajo agrícola. Para ella, el concepto de campesino podría
ser entendido en forma más amplia:
“Para la mayoría de la
gente del campo en Guatemala, ser campesino significa estar ubicado en un status particular y no ejercer una
ocupación definida: es el status
de ser gente rural, relativamente privada de poder y relativamente pobre, y que
además trabaja un poco la tierra.”
Los indígenas de la
Guatemala contemporánea son más que simples campesinos dependientes de la agricultura
de subsistencia. Si se dedican a las
labores del campo no es por razones meramente culturales, sino porque ha habido
una obligatoria división del trabajo dirigida desde el Estado, que los ha
obligado a trabajar la agricultura de escasa productividad. Es decir que a los pueblos indígenas no se
les ha permitido desarrollar actividades comerciales, industriales o de
servicios porque, en definitiva, no se les ha dejado en libertad para
reproducir todos los elementos de su propia cultura y se les han negado las
oportunidades.
Significados
múltiples de los Acuerdos de Paz
Tocar temas relacionados
con: pobreza, educación, género, área urbana y rural, aspectos sociales,
políticos, económicos, culturales, género, etnicidad, etc., constituyen un
desafío muy basto para un país tan complejo como lo es Guatemala.
Nuestra historia se
caracteriza por haber acumulado una gran desatención en temas fundamentales
para el desarrollo de la población, que a fuerza de acumularse constituyen una
agenda muy cargada para cualquier gobierno y proceso histórico.
Muchos de los problemas
que padece la sociedad guatemalteca tienen su raíz en circunstancias heredadas,
o perpetuadas interesadamente, desde la época colonial. La discriminación, la
marginación, la exclusión, la vida antidemocrática, el autoritarismo, la falta
de participación social, la represión, etc., son algunos de los caracteres más significativos de la sociedad.
En lo político la falta
de participación democrática ha hecho que el ejercicio del poder tenga un sesgo
a favor de la clase dominante, pero de una manera extrema. Las dictaduras,
asociadas indefectiblemente al poder económico agroexportador y de las
transnacionales, han profundizado las desigualdades.
En medio de este
escenario, los Acuerdos de Paz constituyen una esperanza, y una referencia
inmediata para las alternativas de cambio, tan postergadas por mucho tiempo en
el país.
Un factor concomitante
que debe tenerse presente, es el apoyo y simpatía que han tenido los Acuerdos
de Paz por parte de la comunidad internacional. Es un hecho que la comunidad
internacional ha jugado un papel significativo para impulsarlos. En este
sentido, vale la pena recordar, a manera de referencia, el rol que juega el
denominado Grupo Consultivo, que de manera reciente ha cuestionado precisamente
el cumplimiento de los Acuerdos de Paz del actual gobierno.
La sociedad guatemalteca
se caracteriza por la existencia de diferentes formas y maneras de exclusión.
Algunas de ellas tienen su expresión más clara en términos de pertenencia a
género, ámbito geográfico y grupo étnico.
La exclusión debida a la
pertenencia a un grupo, es decir, el ser hombre o mujer en la sociedad
guatemalteca, establece las oportunidades educativas que pueda recibir la
persona, evidenciándose así la existencia de un conjunto de factores que
subyacen para establecer discriminación entre uno y otro grupo. Las causas que
vedan esta oportunidad de recibir educación no son exclusivas del sistema
educativo. Responden a todo un sistema de valores y apreciación de la condición
femenina dentro del contexto social, de cómo se le vincula más directamente a
las tareas domésticas y la visión que se tiene en cuanto a lo que será su rol
como madre, esposa y servidora dentro del hogar.
La apreciación social
termina siendo que la mujer, ya sea niña, adolescente o adulta, no merece las
mismas oportunidades educativas que el hombre, puesto que su rol es más pasivo
y definido a nivel familiar y social, ya que lo que se espera de ella no
requiere de mucha formación formal: su desempeño habrá de circunscribirse al
hogar y a la atención de los hijos.
Esta visión prejuiciada
y tradicionalista sobre lo femenino, implica, como reiteradamente se ha
demostrado a nivel sociológico, la perpetuación de las condiciones de subdesarrollo
de la mujer, pero también la exclusión de un importante y mayoritario segmento
de la sociedad guatemalteca, cuyo desarrollo y potencial aún se encuentra
pendiente de cumplimiento a las puertas del nuevo siglo que apenas comienza.
Otra dimensión de la
exclusión, se refiere a las diferentes oportunidades educativas con que se
cuenta, atendiendo al área a que pertenezca y viva una persona.
En términos generales,
las personas que viven en el área urbana tienen más oportunidades educativas
que aquellas que se desarrollan en el área rural. No obstante esto, las
diferencias se ven acentuadas dependiendo de la pertenencia al grupo de los
hombres o de las mujeres. Por tanto, a las diferencias existentes en la
sociedad guatemalteca por ser hombre o mujer, debemos añadir las diferencias
surgidas por la pertenencia al área en que se desarrollen las personas, lo cual
constituye otro factor de exclusión a las condiciones de vida de la población.
Sin embargo, el grupo con mayor exclusión por causa del área en que vive,
también es el de las mujeres. De esta manera, a la condición de ser mujer se
suma como factor de exclusión el área en donde se vive, todo lo cual acentúa el
poco acceso a la educación formal.
El otro aspecto que es
necesario resaltar es el de la etnicidad. Esta otra dimensión de la exclusión
en la sociedad guatemalteca, determina que la condición de las personas que
pertenecen al grupo indígena, reciben menor atención educativa. Si a ello
añadimos las dos dimensiones anteriores, se tienen completos todos los
elementos que determinan la mayor y más acentuada discriminación para la mujer.
Así, ser mujer, vivir en el área rural y ser indígena constituye la síntesis de
todas las exclusiones que como grupo puede recibirse en la realidad
guatemalteca.
Esto determina que las
personas que reúnen esas tres características (mujer, rural e indígena) tienen
el menor número de años de escolaridad.

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